miércoles, noviembre 10, 2010

Francisco José Wielandt Vergara, El Tata

Querido Antonio, querida Jacinta: ¿Cómo contarles a ustedes quien fue su Tata? ¿Cómo se acordaran ustedes de su Tata? Nosotros nos encargaremos que lo tengan siempre presente. Esto es algo de lo que el Papá y la Mamá le escribieron al Tata el día en que sin maletas y sin petacas se nos anticipó en un viaje y nos espera un poquito más allá, al otro lado del camino.

¡Que gran Alegría verlos a todos! Diría El Tata Pancho. El Tata Pancho está feliz. Francisco José Wielandt Vergara, Pancho, Don Pancho, El Papá, el Suegro, el Tata está feliz hoy. Feliz de ver la iglesia llena de sus amigos y amigas. Feliz de ver como su mujer y sus hijos están tan acompañados. Feliz porque mucha gente que dejó de ver hace años hoy están acá. Feliz porque hoy acompañamos sus 40 años de matrimonio, a sus 6 hijos, 10 nietos, 6 hermanos y ya muchos sobrinos y sobrinos nietos. Don Pancho, el suegro, El Tata Pancho, no le incomodaba el silencio, pero no le gustaba estar solo. Le gustaba tener la tranquilidad que habría alguien disponible y cercano para conversar o compartir cariño. Quizás, esa fue una de las razones porque quiso partir antes, para no quedarse solo y recibirnos en “su campito” en el cielo, con la parrilla prendida, inventando algo en la cocina, el pasto recién cortado y con su “Jockey de Mimbre” todo listo y dispuesto para que sin ningún contratiempo sentarse a la sombra a reír y conversar durante toda una tarde. A Don Pancho le cargaban estas despedidas engoladas, decía que nunca había finado malo, todos son buenos, puras virtudes. Entonces, con todo respeto y admiración, me despido de usted Don Pancho, Tata Pancho, con sus defectos. Defectos, queramos o no, nos enseñaron siempre una virtud. Desde que nos conocimos, hace 10 años, me llamó la atención un defecto: su sonrisa siempre presente en toda conversación que en cosa de segundos y de manera ágil y liviana se transformaba en una rápida, contagiosa y sonora carcajada. Este defecto nos enseñaba a vivir y a trabajar en la virtud de la fe, al mal tiempo, buena cara. Recibirnos siempre con una sonrisa y carcajada fácil. Risa que era producto de alguno de los chistes de los contertulios. Celebraba hasta nuestros más fomes chistes y cuentos. ¿O no Ricardo? Nosotros los yernos, fuimos los más beneficiados con esta franquicia que daba el Tata Pancho a nuestros cuentos y bromas. El Tata Pancho disfrutaba con lo cotidiano, era feliz con vivir cada día, pisar las hojas de otoño, ver jugar a sus nietos, ver como tomaba vuelo la primavera, escuchar buena música, estar, ver y sentir el olor a campo y reírse de las anécdotas de la construcción o de la calle. Era feliz con todo lo que le regalaba la vida día a día y con eso se sentía inmensamente rico. Nos enseñó con este defecto la austeridad y la humildad como virtudes, Si la suegra botaba algo, ahí iba el Tata Pancho y lo recogía. Nos enseñaba que se requiere poco y no hay que pedir ni buscar mucho para ser feliz. Lo esencial está en la familia, los amigos. En el amor. El Tata Pancho era un gozador. Gozaba de la vida, de lo más mínimo de cada día. De todo lo que por el hecho de estar, ya podía vivir. Nada pasaba desapercibido. Se entusiasmaba con la tecnología, con los inventos del hombre, se sorprendía con cada descubrimiento y avance de la ciencia. Se emocionaba de todo lo existente en la naturaleza y se emocionaba en cada momento que veía y estaba con su familia y sobretodo con sus nietos y nietas. De sus hijos siempre tremendo orgullo, un gran orgullo de Panchulo y Tomás, pero de sus hijas era una constante admiración y felicidad plena al darse cuenta que él era el Papá de estas maravillas, lejos las más espectaculares mujeres de todo el universo. Esto, hacía que como yernos tuviésemos un tremendo opositor, que poco a poco, nos entregó su confianza. Sin quererlo, trabajó con esto en la virtud de la Esperanza. La Esperanza puesta en sus yernos que cuidarían tanto a sus hijas como él lo hacía. Cada vez que nos saludábamos o nos despedíamos mientras pololeaba con su hija, incluso los primeros años de matrimonio, me daba un fuerte apretón de manos y mirándome a los ojos me decía con voz fuerte y clara pero no menos cariñosa: “Cuídeme a mi hija”. Don Pancho, Dios mediante, esté tranquilo y le pido que nos ayude no solo a cuidar a su hija, sino a todos los de la familia. Todos los que estamos acá, lo echaremos de menos. Nosotros, los Romero-Wielandt no solo como Papá, Suegro y Abuelo, sino también como Amigo y Vecino. Echaremos de menos sus historias de su viaje Alemania, sus alegatos contra los bancos, contra los políticos, sus recuerdos con sus amigos, sus carcajadas. Sus aciertos y créame que recordaremos con nostalgia y con buen humor alguno de sus errores, que con ellos, nos iba enseñando que no todo es tan grave en la vida. Su constante abnegación, generosidad y caridad por el prójimo. Generosidad tal, que muchas veces fue incomprensible para nosotros. Este defecto no era otra cosa que una constante búsqueda de la Justicia. Tuvieron un Tata excepcional, con un estándar y calidad de vida pocas veces visto, con ese estándar y calidad de vida que se nos ha olvidado y que mal entendimos viendo defectos en el Tata Pancho y que estamos perdidos buscando otro tipo de vida muy diferente al que nos enseñó; Ese marcado con fuego, con los valores y virtudes que estamos sembrando en ustedes y en sus primos, en nuestros hijos: El Amor por sobretodo y a toda prueba, la amistad, la valentía, la humildad, la esperanza, la justicia, la caridad. No me cabe ninguna duda, que el Tata ya está arreglando algo en el cielo, está poniéndose de acuerdo, convenciendo a San Pedro o definitivamente haciéndolo sin permiso; que hay que mejorar la entrada, o “pegarle una pintadita” a las puertas y de haber alguna máquina o un auto, ya estará metiendo mano para mejorarlo. Seguramente estará la Tati, su Madre, reconviniéndole y pidiéndole que se quede tranquilo y que no se meta en lo que no es suyo. Su Padre, Francisco Wielandt Arlegui, estará contemplando a su hijo, que feliz vuelve al Padre. Nosotros Don Pancho, estaremos bien, no se preocupe, estaremos felices cada vez que lo recordemos y feliz no solo con la herencia de su querida camioneta Mazda B2200, sino también con la mejor herencia que nos dejó, su familia y hacernos entender que la caridad no es otra cosa que el amor llevado a la acción. Muy querido Tata Pancho, querido suegro y querido amigo, conversamos que esto sería un “hasta pronto”, usted me dijo un “hasta luego”, convengamos que es un Adiós donde vamos y allá nos vemos. Así sea.

NdR: La tía Marilú (una tía bisabuela de ustedes) muy triste antes de la misa de funeral me dijo: “Lo voy a echar tanto de menos, siempre preocupado y solucionando mis problemas. Solucionaba los problemas a su manera, pero los solucionaba” Esta frase es muy buen resumen del Tata.

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